28 dic. 2013

Todas somos Malala

Nunca me había sentado a pensar en lo privilegiada y dichosa que soy por vivir en el país en que vivo y tener las libertades que tengo.

Mientras leía el libro “Yo soy Malala” comprendí que hay lugares donde las chicas como yo ni siquiera pueden soñar con pintarse las uñas, usar falda o tener un “apartamento de soltera” donde puedan vivir solas y ser independientes económicamente.

No pueden ir solas ni al mercado. Siempre deben estar acompañadas por un hombre, aunque sea un niño pequeño de cinco años. No son nada por sí mismas. Dependen de un varón siempre.

Pero hay cosas aún más importantes, cuyas restricciones pueden ser terribles para la vida de cualquier ser humano: el que le impidan estudiar; aprender a leer o escribir, ir al colegio o cursar una carrera universitaria. ¡Cuán importante es la lucha de Malala!


Creo que no existe una mujer que no se sienta identificada y lastimada en lo más profundo al leer el libro sobre esa jovencita que fue tiroteada por los talibanes en Pakistán.

Aún recuerdo cuando leía las noticias que salía todos los días en la Agencia Internacional EFE sobre esa muchacha bajita con corazón de luchadora que había estado a punto de perder la vida por defender el derecho de todas las niñas musulmanas a ir a la escuela.

Esas notas me partían el corazón. Y hoy le doy gracias a Dios porque Malala no haya muerto, aunque su guerra apenas inicia.

Ojalá las mujeres de todo el mundo tuviéramos tanto valor. Después de todo, todas somos Malala. Todas tenemos nuestras propias guerras: contra el machismo, la discriminación, la desigualdad, la violencia doméstica, las violaciones sexuales, la falta de oportunidades y los prejuicios.

Malala debería servirnos de ejemplo e inspiración. Nosotras deberíamos ser sus discípulas.

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