4 may. 2014

Tarde de domingo con él

Hace casi 6 años lo conocí. Siempre lo había admirado. En el segundo cuatrimestre de la universidad, fue mi profesor. Y luego, casi al final de bachillerato, también. No sé decir cuánto disfruto su compañía, es como una escuela de vida, ambulante, mágica. Hace casi 6 años que voy a su casa: antes iba hasta tres veces por semana, ahora una o dos veces al mes. Es mi maestro, Alberto Cañas.

Hablamos de todo un poco: su pasión por Monet y mi gusto por Van Gogh; mi teoría de que Goya fue el primer fotoperiodista en el mundo; La Flauta Mágica y mi amor por Papageno; mi adicción a los libros de Stefan Zweig y su necesidad de darme clases de historia costarricense, que olvido al minuto siguiente; su criterio sobre los ex presidentes (muertos o vivos) y mis críticas de los políticos actuales; su experiencia como periodista y mi experiencia como aprendiz de periodista; sus viajes por el mundo y mis viajes (los que aún no realizo).



Hablamos también de sus libros; hemos leído juntos todo lo que escribió desde joven, hasta lo que nunca publicó. Sus obras de teatro favoritas y la poesía que plasmó pero nadie conoce.

Hablamos también de su colección de arte y de sus cientos de películas; tiene incluso el primer filme sobre Drácula. ¡Vaya, qué vampiro tan feo! Hablamos de su amistad con García Marquez y otros literatos de América Latina. Hablamos también de sus viejos amores y de mis "cuasi novios". Siempre me dice que no hay ningún muchacho tan bueno como para merecerme.

Una vez me dijo que si estuviera joven me propondría matrimonio. "AC: Si tuviera 20 años menos le pediría que se casara conmigo. Yo: Si usted tuviera 20 años menos, don Alberto, tendría 70. Seguiría siendo muy viejo para mí. AC: Bueno bueno, si tuviera 70 años menos, le pediría que se case conmigo. Yo: Si usted tuviera 70 años menos, yo le pediría que se case conmigo". 




A veces le cuento de los muchachos que me gustan; cuando me rompen el corazón. Le comento mis nuevos proyectos: La revista que se publica en Latinoamérica, el diplomado mexicano, mi curso de italiano, mi blog. Y él se ilusiona conmigo, como si esos proyectos también fueran suyos.

Supongo que es difícil de entender por qué nos llevamos también, con una diferencia de edad tan grande. Pero nunca he encontrado nadie que me entienda como él. Que comprenda mis sueños y aspiraciones, mis ganas de vivir, de alcanzar las estrellas; de viajar por el mundo, de escribir, de leer; mi amor por el arte y mi obsesión por la cultura. Es como una especie de romance. Evidentemente sin la parte física, pero completamente y absolutamente real: Dos almas que se encuentran, que se complementan.

Y ahora tengo miedo. Cada vez lo veo más viejito. El mismo me dice que se asusta de lo cerca que está de cumplir 100 años; que se siente cansado, incluso enfermo. Y yo tiemblo por dentro y lloro. ¿Qué haré cuando se vaya?

18 abr. 2014

Las cosas que provocan verdadera felicidad no se compran ni se alquilan

He notado en las últimas semanas cómo algunas personas creen que yo soy feliz porque vivo en un apartamento amplio y cómodo o porque conduzco un carro del año. He visto cómo me miran y las cosas que me dicen tipo: Se nota que te está yendo bien (con tono de ojalá te estuviera yendo menos bien). Y por eso decidí escribir esta reflexión - más para mí que para nadie -.

Yo no soy feliz porque gaste la mitad de mi salario, cada mes, en el alquiler de un apartamento y la mensualidad de un Toyota. Eso me alegra la vida, pero no lo es todo: Me niego a que las deudas y pagar por lo ajeno lo sean todo y punto.



Soy feliz porque supe lo que fue la depresión más extrema. Soy feliz porque sé lo que fue vivir dos años enamorada de hombres que me trataron más mal que a su peor enemigo. Soy feliz porque durante meses sentí el más profundo de los vacíos en mi corazón: No podía reír de verdad ni sentir alegría auténtica. Estaba muerta en vida y mis mejores amigos pueden servir de testigos de que lo que escribo hoy es completamente cierto.

Soy feliz porque durante el año 2013 pensé más veces en el suicidio que ninguna otra persona en el mundo.

Soy feliz porque hoy por hoy, todo eso cambió. No sé cómo, pero las heridas de mi corazón han ido cerrando.



Ahora soy feliz cuando escucho con el alma el sonido de los pájaros mientras estoy en mi casa de Pérez Zeledón; disfruto de un paseo a caballo en la finca de mi padrino; valoro ir a la playa o a las piscinas con mi hermano y su novia.

Soy feliz cada vez que mi ahijada me sonríe y me besa; cada vez que abrazo a mi madre o duermo en su rincón; cada vez que le presto el carro a mi hermano para que él lo conduzca y con eso hago que se sienta como el propio Toreto de Rápidos y Furiosos.



Soy feliz cuando voy a cenar con mis amigos, cuando voy al cine con mis primas, cuando me levanto a las siete de la mañana y me pongo a ver una película en el computador, cuando me levanto a las 4:30 a.m. para hacer spinning o cuando paso toda la noche leyendo un libro.

Soy feliz cuando me pongo un vestido hasta los tobillos, me quedo sin peinar, me pinto las uñas de colores raros, escribo en este blog o estudio italiano.



Soy feliz por todas esas cosas, por las que no puedo pagar, pero que antes me eran ajenas, lejanas, impersonales, y ahora me calan en lo más profundo. Ese es el gran misterio de mi vida. ¿Qué les puedo decir? No es que esté saltando de la alegría las 24 horas; eso no existe. Pero sí, soy feliz y estoy agradecida con el de arriba por esta segunda oportunidad. Es todo. ;)

1 mar. 2014

El genio de la lámpara mágica y los tres deseos

Como si del cuento del genio de la lámpara mágica y los tres deseos se tratara...

Hace menos de seis meses hice un retiro de vida cristiana al que me invitó uno de mis mejores amigos, luego de que le confesara que vivía con un vacío profundo en mi corazón y pensaba en el suicidio a todas horas.

Estaba sumamente deprimida, me sentía culpable y triste. La razón de la crisis ya ni viene al caso. Ha sido el peor error de mi vida, eso es todo. Pero gracias a ese problema, Dios cambió mi corazón.

En ese retiro decidí entregarle mi vida al Ser Supremo que me creó. Y aprovechando la experiencia me comprometí a tres cosas, sin darme cuenta que no dependían de mí, sino de Él. Prometí irme a vivir sola, comprar mi propio carro y lo más importante: cambiar de trabajo.

Un cambio de vida drástico, un giro de 180 grados; una nueva oportunidad.


Tomar todas esas decisiones y arriesgarme a que pasara lo peor, fue un reto gigante. Pero Dios es grande y sus planes son perfectos, aunque no lo podamos ver claro.

¿Cómo Dios movió tantas fichas en su ajedrez? Nunca lo sabré. Pero sucedió.

Hoy, soy una mujer independiente y plenamente feliz.

Acabo de cumplir los 23 años, vivo en un departamento que me encanta, decorado a mi gusto; conduzco un Toyota del año que me parece el carro más bonito del mundo y estoy a las puertas de una de las aventuras profesionales más enriquecedores: a partir de este lunes seré parte del equipo periodístico de la gran Amelia Rueda.


Pero lo más importante es que Dios sanó la herida que tenía rota mi vida entera. Ahora, la relación con mi mamá está genial; tengo una mejor amiga que me alegra los fines de semana; un papá adoptivo que me apoya; una ahijada que es el amor de mi vida y estudio lo que tanto me gusta: periodismo social en el Tecnológico de Monterrey (México) e italiano.

Los miércoles y los viernes cuando voy a la Iglesia no paro de llorar. Aún no puedo creer que tenga tantas bendiciones rondándome todos los días. Me dedico a lo que estudié y me pagan bien por ello; soy título de honor en todas mis clases; tengo la mejor familia del mundo y unos amigos a los que nunca podré pagarles por tanto amor.


Por las noches cuando veo una película en casa mientras me tomo un vinito; cuando hago un rato de ejercicio mientras escucho mi música favorita; cuando leo o voy al cine; cuando salgo a bailar o a la playa; cuando escribo, entrevisto, asisto a una conferencia o voy de gira de prensa, sólo tengo ánimo para decir GRACIAS.

Sé que vienen cientos de retos y oportunidades; sé que habrá muchas pruebas en el camino; que cometeré errores y no será fácil. Seguramente lloraré. Pero incluso pensar en todas esas posibilidades me hace feliz.

Como dicen por ahí, no permitas que un mal momento te derrote pero tampoco te niegues a disfrutar un buen momento, porque ninguno de los dos durará para siempre. :)