27 abr. 2015

La mujer (loca) que no paraba de llorar viendo La Segua

Ayer me vestí con mis mejores galas y me maquillé, como pocas veces lo hice cuando iba a verlo, don Alberto, pero con la intención de que me viera bonita, le alegrara el día y me dijera cosas como “usted tiene un bonito perfil”, o “qué bonita naricilla” o “me alegra verla tan feliz”.


Y fui, también con la intención de no llorar. Pero no pude aguantarme.

Hace casi un año que se fue, don Alberto. Y he luchado contra la nostalgia y el dolor. Creo que iba ganado. La última vez que lloré por usted fue el día de su entierro. Luego lo he recordado sólo con sonrisas. Hasta ayer.

¿Ud sabía que el Teatro La Aduana también se llama Alberto Cañas Escalante? ¿Y que recién estrenaron un nuevo montaje de su querida obra de teatro, La Segua? Es un homenaje para usted y su obra. Y es una producción magnífica. Le habría encantado verla, estoy segura.


La actuación es excepcional. Sobre todo la actriz que hace de “bruja – chismosa”. Y resulta refrescante ver una obra de verdad en las tablas costarricenses. Al final, ponen una foto suya, la iluminan y todo el público le aplaude. Yo también lo hice, mientras lloraba a lágrima viva.

Seguro todo el mundo pensaba: ¿Quién es esa mujer (loca) que llora sin parar en una obra poco sensiblera como La Segua? ¿Qué le pasará? Y yo, hecha añicos, extrañándolo, mi viejo.

Me gustaría tanto ir a su casa, almorzar juntos – en aquella parsimoniosa ceremonia de tres platos y helado de postre que nos servía de escenario para hablar de arte, música, política y periodismo -, leer alguno de sus libros favoritos, ver un balet o una opereta puesta en escena en el Metropolitan de Nueva York, discutir sobre las obras de Goya, Magritte y Monet, y terminar conversando de mis sueños, de mis planes de futuro, y escuchar cuánto confía usted en mí, en mis talentos y capacidades. Y de lo alto que voy a llegar. (Deseo tanto no defraudarlo).


Quisiera ir y contarle que ahora tengo un nuevo trabajo que me encanta. Que mi jefa me inspira y motiva. Decirle que anhelo hacer una maestría en Derechos Humanos y viajar por el mundo (mejor dicho, repetírselo). Y que pronto retomaré mis clases de inglés, que sigo leyendo en italiano y que ya manejo bien. ¿Recuerda que usted me prometió que iría conmigo a pasear en mi carro nuevo?

Ayer más que nunca, me di cuenta de cuánto lo extraño maestro. Usted fue mi familia en San José durante 6 años; me soportó en mis depresiones de niña recién entrada a la U y en mis clímax de profesional novata, ilusionada y eficiente.

Fue usted quién me forjó esa ansia por escalar, escalar, escalar. Por luchar para hacer realidad cada uno de mis sueños. Quien alimentó mi idea de que nada es imposible, de que todo estará mejor; de que el éxito es mucho más que el dinero.

Recuerdo cuando usted me dijo – poco antes de morir – que es inútil esa obsesión de los seres humanos por alcanzar la felicidad con cosas externas, cuando eso se lleva por dentro. Y me gustaría tanto decirle – mientras lo abrazo – que tenía razón. Ahora lo sé. Soy feliz.

Gracias una vez más por seguir a mi lado, desde donde sea que esté. 

De mi colección: "Cartas a Beto Cañas". 

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