17 ene 2015

La madre de Birmania

Esta noche, una película británico francesa me llevó a pensar en mi vieja amiga, la mujer de cuya historia me enamoré mientras estudiaba Periodismo y  cuando ella todavía estaba bajo arresto domiciliario, encarcelamiento que inició casi 15 años antes.

Aung San Suu Kyi, la profesora graduada en Oxford y que había trabajado para Naciones Unidas pero cuyo destino la encontró siendo una ama de casa y madre dedicada, muy lejos de su tierra natal, Birmania.

Hija del héroe nacional, Aung San, su genética la revestía de un coraje y fortaleza implacables mientras que la dictadura militar violenta y degradante, de la cual era testigo, la obligó a actuar, a luchar por la democracia y la defensa de los más humildes, de la voz del pueblo.



Su tenacidad para soportar la persecución política, la violación a sus derechos, el asesinato de sus amigos y seguidores, la represión y la lejanía de sus seres amados (sus hijos viven en Inglaterra, y son ciudadanos de ese país), fue inquebrantable; incluso en 1999 cuando murió Michael Aris, su esposo y compañero incondicional.

Hoy, cuando tengo casi 24 años, es que por fin comprendo la importancia de su lucha pacifista pero perseverante, inspirada en Gandhi.

Hoy que soy una mujer adulta, profesional, independiente pero idealista, es que entiendo las razones por las que obtuvo el premio Nobel de la Paz en 1991, año en que nací. Creo que eso, precisamente, es una señal.

Quizás nunca la vea ganar - de nuevo - las elecciones en su país, que se celebrarán a mediados de 2015, ni celebre sus reuniones con Barack Obama – cuyo discurso sobre el tema birmano me parece de doble moral e inconsistente – pero espero que su historia inspire a muchas mujeres en el mundo para romper los esquemas, luchar por sus ideales y defender sus principios, no importa las circunstancias.




Bueno, reconozco que tal vez yo que nací en un país libre, democrático y pacífico no pueda visualizar en toda su magnitud la valía de esta mujer y su lucha, pero sé que ella  - junto a otros grandes – sembró en mí el amor por los Derechos Humanos y la esperanza de un mundo mejor. 

12 ene 2015

¿Astronauta espiritual?

Elizabeth Gilbert escribió en “Comer, rezar y amar” (mi libro favorito) que orar es hablarle a Dios mientras que meditar es escuchar su voz.
Ambas prácticas forman parte de una vida espiritual sana y enriquecedora.

En mi caso particular y desde niña, cada noche dedico algunos minutos a orar pero pese a que lo intenté muchas veces nunca podía meditar. No podía despegar mis pies del suelo, alejarme de la realidad, “dejarme ir”, es decir, nunca lograba meditar de verdad. Hasta hoy.

Esta mañana, tuve una de las experiencias más alucinantes de mi vida. Y puedo asegurar con toda franqueza que no estaba drogada, no había probado ni un sorbo de vino ni me quedé dormida. Fue simple y sencillamente algo mental que trascendió a lo físico.

¿Qué fue exactamente lo que pasó? No sé explicarlo muy bien, pero lo intentaré.



Me acosté en la cobija suavecita que uso para hacer yoga, me coloqué en una posición cómoda y relajada, y al ritmo de música zen llevé a mi respiración al siguiente nivel. Y de un momento a otro estaba afuera, y digo “afuera” de verdad.

En mi visión – no sé cómo llamar a esta experiencia, para que tengan una idea de lo novata que soy - estaba acostada sobre la nada - no sentada en la tradicional pose del yogui -, sino acostada en el espacio exterior y el universo me rodeaba; todo era de un color azul oscuro o negro y había cientos de estrellas titilando, bastante lejanas (no las podía ver como planetas o esferas sino como luces).

Sentía cómo me estaba moviendo, no había gravedad pero yo permanecía de manera horizontal tambaleándome pocos centímetros hacia un lado y hacia el otro; estaba levitando y sólo existía el momento presente.



No había más que eso, hasta que apareció un gran ojo. No recuerdo de qué color era su iris pero sí tengo claro que no era un ojo enojado, gruñón o endemoniado como el de Sauron en el Señor de los Anillos. Se trataba más bien de un vigilante que estaba ahí para cuidarme, para guiarme, era – interpreto yo – el ojo de El Creador del Universo.

No sé cuánto tiempo duró la “ceremonia de iniciación”, supongo que sólo un par de minutos, pero fue maravillosa, deliciosa, completamente desestresante.

Supongo que ESTO (lo que sea que sea) es el resultado de un proceso de autoconocimiento que llevo desarrollando desde hace más de 6 meses y espero que en algún momento se repita.


¿Alguien que me pueda guiar un poco, por favor? ¿Ahora qué? ¿Debo ir al psiquiatra?


4 may 2014

Tarde de domingo con él

Hace casi 6 años lo conocí. Siempre lo había admirado. En el segundo cuatrimestre de la universidad, fue mi profesor. Y luego, casi al final de bachillerato, también. No sé decir cuánto disfruto su compañía, es como una escuela de vida, ambulante, mágica. Hace casi 6 años que voy a su casa: antes iba hasta tres veces por semana, ahora una o dos veces al mes. Es mi maestro, Alberto Cañas.

Hablamos de todo un poco: su pasión por Monet y mi gusto por Van Gogh; mi teoría de que Goya fue el primer fotoperiodista en el mundo; La Flauta Mágica y mi amor por Papageno; mi adicción a los libros de Stefan Zweig y su necesidad de darme clases de historia costarricense, que olvido al minuto siguiente; su criterio sobre los ex presidentes (muertos o vivos) y mis críticas de los políticos actuales; su experiencia como periodista y mi experiencia como aprendiz de periodista; sus viajes por el mundo y mis viajes (los que aún no realizo).



Hablamos también de sus libros; hemos leído juntos todo lo que escribió desde joven, hasta lo que nunca publicó. Sus obras de teatro favoritas y la poesía que plasmó pero nadie conoce.

Hablamos también de su colección de arte y de sus cientos de películas; tiene incluso el primer filme sobre Drácula. ¡Vaya, qué vampiro tan feo! Hablamos de su amistad con García Marquez y otros literatos de América Latina. Hablamos también de sus viejos amores y de mis "cuasi novios". Siempre me dice que no hay ningún muchacho tan bueno como para merecerme.

Una vez me dijo que si estuviera joven me propondría matrimonio. "AC: Si tuviera 20 años menos le pediría que se casara conmigo. Yo: Si usted tuviera 20 años menos, don Alberto, tendría 70. Seguiría siendo muy viejo para mí. AC: Bueno bueno, si tuviera 70 años menos, le pediría que se case conmigo. Yo: Si usted tuviera 70 años menos, yo le pediría que se case conmigo". 




A veces le cuento de los muchachos que me gustan; cuando me rompen el corazón. Le comento mis nuevos proyectos: La revista que se publica en Latinoamérica, el diplomado mexicano, mi curso de italiano, mi blog. Y él se ilusiona conmigo, como si esos proyectos también fueran suyos.

Supongo que es difícil de entender por qué nos llevamos también, con una diferencia de edad tan grande. Pero nunca he encontrado nadie que me entienda como él. Que comprenda mis sueños y aspiraciones, mis ganas de vivir, de alcanzar las estrellas; de viajar por el mundo, de escribir, de leer; mi amor por el arte y mi obsesión por la cultura. Es como una especie de romance. Evidentemente sin la parte física, pero completamente y absolutamente real: Dos almas que se encuentran, que se complementan.

Y ahora tengo miedo. Cada vez lo veo más viejito. El mismo me dice que se asusta de lo cerca que está de cumplir 100 años; que se siente cansado, incluso enfermo. Y yo tiemblo por dentro y lloro. ¿Qué haré cuando se vaya?

18 abr 2014

Las cosas que provocan verdadera felicidad no se compran ni se alquilan

He notado en las últimas semanas cómo algunas personas creen que yo soy feliz porque vivo en un apartamento amplio y cómodo o porque conduzco un carro del año. He visto cómo me miran y las cosas que me dicen tipo: Se nota que te está yendo bien (con tono de ojalá te estuviera yendo menos bien). Y por eso decidí escribir esta reflexión - más para mí que para nadie -.

Yo no soy feliz porque gaste la mitad de mi salario, cada mes, en el alquiler de un apartamento y la mensualidad de un Toyota. Eso me alegra la vida, pero no lo es todo: Me niego a que las deudas y pagar por lo ajeno lo sean todo y punto.



Soy feliz porque supe lo que fue la depresión más extrema. Soy feliz porque sé lo que fue vivir dos años enamorada de hombres que me trataron más mal que a su peor enemigo. Soy feliz porque durante meses sentí el más profundo de los vacíos en mi corazón: No podía reír de verdad ni sentir alegría auténtica. Estaba muerta en vida y mis mejores amigos pueden servir de testigos de que lo que escribo hoy es completamente cierto.

Soy feliz porque durante el año 2013 pensé más veces en el suicidio que ninguna otra persona en el mundo.

Soy feliz porque hoy por hoy, todo eso cambió. No sé cómo, pero las heridas de mi corazón han ido cerrando.



Ahora soy feliz cuando escucho con el alma el sonido de los pájaros mientras estoy en mi casa de Pérez Zeledón; disfruto de un paseo a caballo en la finca de mi padrino; valoro ir a la playa o a las piscinas con mi hermano y su novia.

Soy feliz cada vez que mi ahijada me sonríe y me besa; cada vez que abrazo a mi madre o duermo en su rincón; cada vez que le presto el carro a mi hermano para que él lo conduzca y con eso hago que se sienta como el propio Toreto de Rápidos y Furiosos.



Soy feliz cuando voy a cenar con mis amigos, cuando voy al cine con mis primas, cuando me levanto a las siete de la mañana y me pongo a ver una película en el computador, cuando me levanto a las 4:30 a.m. para hacer spinning o cuando paso toda la noche leyendo un libro.

Soy feliz cuando me pongo un vestido hasta los tobillos, me quedo sin peinar, me pinto las uñas de colores raros, escribo en este blog o estudio italiano.



Soy feliz por todas esas cosas, por las que no puedo pagar, pero que antes me eran ajenas, lejanas, impersonales, y ahora me calan en lo más profundo. Ese es el gran misterio de mi vida. ¿Qué les puedo decir? No es que esté saltando de la alegría las 24 horas; eso no existe. Pero sí, soy feliz y estoy agradecida con el de arriba por esta segunda oportunidad. Es todo. ;)

1 mar 2014

El genio de la lámpara mágica y los tres deseos

Como si del cuento del genio de la lámpara mágica y los tres deseos se tratara...

Hace menos de seis meses hice un retiro de vida cristiana al que me invitó uno de mis mejores amigos, luego de que le confesara que vivía con un vacío profundo en mi corazón y pensaba en el suicidio a todas horas.

Estaba sumamente deprimida, me sentía culpable y triste. La razón de la crisis ya ni viene al caso. Ha sido el peor error de mi vida, eso es todo. Pero gracias a ese problema, Dios cambió mi corazón.

En ese retiro decidí entregarle mi vida al Ser Supremo que me creó. Y aprovechando la experiencia me comprometí a tres cosas, sin darme cuenta que no dependían de mí, sino de Él. Prometí irme a vivir sola, comprar mi propio carro y lo más importante: cambiar de trabajo.

Un cambio de vida drástico, un giro de 180 grados; una nueva oportunidad.


Tomar todas esas decisiones y arriesgarme a que pasara lo peor, fue un reto gigante. Pero Dios es grande y sus planes son perfectos, aunque no lo podamos ver claro.

¿Cómo Dios movió tantas fichas en su ajedrez? Nunca lo sabré. Pero sucedió.

Hoy, soy una mujer independiente y plenamente feliz.

Acabo de cumplir los 23 años, vivo en un departamento que me encanta, decorado a mi gusto; conduzco un Toyota del año que me parece el carro más bonito del mundo y estoy a las puertas de una de las aventuras profesionales más enriquecedores: a partir de este lunes seré parte del equipo periodístico de la gran Amelia Rueda.


Pero lo más importante es que Dios sanó la herida que tenía rota mi vida entera. Ahora, la relación con mi mamá está genial; tengo una mejor amiga que me alegra los fines de semana; un papá adoptivo que me apoya; una ahijada que es el amor de mi vida y estudio lo que tanto me gusta: periodismo social en el Tecnológico de Monterrey (México) e italiano.

Los miércoles y los viernes cuando voy a la Iglesia no paro de llorar. Aún no puedo creer que tenga tantas bendiciones rondándome todos los días. Me dedico a lo que estudié y me pagan bien por ello; soy título de honor en todas mis clases; tengo la mejor familia del mundo y unos amigos a los que nunca podré pagarles por tanto amor.


Por las noches cuando veo una película en casa mientras me tomo un vinito; cuando hago un rato de ejercicio mientras escucho mi música favorita; cuando leo o voy al cine; cuando salgo a bailar o a la playa; cuando escribo, entrevisto, asisto a una conferencia o voy de gira de prensa, sólo tengo ánimo para decir GRACIAS.

Sé que vienen cientos de retos y oportunidades; sé que habrá muchas pruebas en el camino; que cometeré errores y no será fácil. Seguramente lloraré. Pero incluso pensar en todas esas posibilidades me hace feliz.

Como dicen por ahí, no permitas que un mal momento te derrote pero tampoco te niegues a disfrutar un buen momento, porque ninguno de los dos durará para siempre. :)

28 dic 2013

Mi milagro llegó de España

Muchos saben mi historia. Pocos la creen. En la mayoría de casos, cuando la cuento, nace en los corazones de quienes me escuchan una especie de envidia o desconfianza. A veces, se alegran por mí.

Yo he visto milagros ocurrir en mi vida, muchas veces. He visto a Dios actuar a través de las personas menos esperadas. Y fue así como tuve la oportunidad de estudiar periodismo.


Cuando tenía 12 años me enamoré del periodismo. Decidí que estudiaría esa carrera en la Universidad Latina y haría una Licenciatura en Producción Audiovisual – como Freddy Serrano, que era mi ídolo en ese momento -.

Ese sueño fue creciendo dentro de mí.  Me despertaba pensando en eso. Me acostaba y soñaba con estudiar periodismo en la mejor u privada de San José. Era como estar enamorada.

Y un día, conocí a través de una red social en Internet, a un empresario español radicado en Tambor. Nos hicimos amigos. Él me daba consejos y se divertía con mis ocurrencias.

Siempre me decía dos cosas que me alegraban el día: “Eres un bicho raro” y “Tienes un futuro brillante”.

 A él le parecía extraño que a mis quince años yo no hiciera más que pensar en convertirme en periodista y especializarme en la cobertura de Derechos Humanos para viajar por el mundo y defender a mis colegas de la persecución del narcotráfico y la censura por razones políticas.

Una vez, al conocer que quería estudiar periodismo en la U Latina, me dijo: ¿No sabes que es muy caro estudiar ahí? Y yo le dije que sí. Pero que ese no era mi problema. Mi sueño se cumpliría de alguna forma, aunque tuviera que ahorrar toda la vida.

Él me contestó: “Tú te encargarás de estudiar y yo del resto”. Y así mismo fue.

Me dio una beca completa que incluía materias, matrícula, residencia y alimentación. E incluso, a veces me invitaba a cenar en restaurantes bonitos para celebrar mis buenas calificaciones.

Él fue mi acompañante en la graduación de Bachiller en Periodismo y a él le dediqué mi tesis de Licenciatura.

Nunca me ha faltado el respeto y siempre ha escuchado lo que tengo que decir. Es una especie de papá, amigo y confidente. Y si hoy tengo lo que tengo, soy lo que soy y hago lo que hago es, en gran parte, gracias a  él.

De él no sólo recibí todo el apoyo económico posible, sino también moral y humano.

Cuando nos reunimos a comer y se pone pesimista, a burlarse de mí por ser tan soñadora, me río y le digo que no se olvide jamás que él fue para mí el milagro por el que oré desde niña.

En mi espalda llevo tatuada la frase “I have a brilliant future”. Y cada día, cuando me estoy vistiendo, me fijo en el espejo, la leo y la repito. ¿El objetivo? Creérmelo, como hace años lo hizo Miguel Lahoz.