16 feb 2015

Cuando tus ex se casan

Hoy confirmé – aunque aún no puedo creerlo – que mi segundo y último novio (hasta la fecha) se casó, y por alguna inexplicable razón llevo cargando en las últimas horas esa extraña sensación de que algo estoy haciendo mal, que me dejó el tren o que el amor no se hizo para mí.


Ya sé que si estoy soltera es por decisión propia; que elegí priorizar mi carrera y mi trabajo por sobre un matrimonio; y que el periodismo (primero), mi familia (después) y más recientemente esta loca aventura de enamorarme de mi misma y disfrutar la vida me han tenido ocupada, pero ahora que estoy en casa, en pijama y después de cenar, puedo sincerarme y gritarlo claramente: ¿Qué tan feo se siente que los dos hombres a los que amaste se casaran con la mujer que conocieron inmediatamente después de vos? ¡Mucho!

Reconozco que cuando DM llegó a mi vida, yo no era – ni de cerca – el mejor partido. Estaba hecha polvo en realidad: Vivía en depresión, era súper insegura de mí misma, me sentía la mujer más fea del mundo, estaba sensible  - y literalmente lloraba por cualquier cosa – y más que enamorarme, me convertí en una extensión de mi novio.


Ambos  éramos casi unos niños, luchando por hacernos un espacio en el periodismo nacional, estresados por trabajar 12 horas al día y hacer guardias los fines de semana; sin dinero de sobra y con una obsesión por adueñarnos del corazón del otro. 

Aún recuerdo cuando me escribió por el Facebook para preguntarme si un día podía invitarme a salir. ¡Cuánto tiempo ha pasado desde entonces!



Y no es que me ponga triste que se haya casado con una mujer madura y estupenda. ¡Claro que me alegra! Le deseo lo mejor del mundo; que esas vacaciones por Europa, las idas a la playa y las fotos soñadas se multipliquen por montón.

Es sólo que, pues, por alguna estúpida razón no esperé hacer frente a un hecho tan concreto sólo dos años después de habernos separado.

No lo amo, pero sí lo amé. Mucho. Y por eso me emociona su felicidad. Y a la vez, me siento rara.

Con Cris fue igual. Ahora está feliz con su mujer y sus dos niños, y me siento inmensamente contenta por él. Pero en su momento, también fue un golpe directo al ego y a la sensatez.



Mi oración para ambos es: Que la luz del amor más auténtico brille para ellos; que las mujeres que eligieron los acompañen hasta el último día y que sus hogares estén en lo profundo de su corazón.


Y evidentemente, les debo un “gracias” por todo el cariño que un día me dieron y por las veces que me hicieron reír a carcajadas. No hay nada más bonito que llevar bellos recuerdos en el alma. 

11 feb 2015

La mujer que maldijo el día en que me parió

Pocas veces – o ninguna – he hablado en el blog de por qué yo crecí en casa de mis abuelos y no con mis padres biológicos. Según he podido observar, en Costa Rica es muy común que esto ocurra. No conozco estadísticas precisas pero muchos de mis amigos fueron criados por sus abuelitos.

El caso es que el pasado lunes por la tarde - luego de enterarme de la muerte de mi pequeña Juliana y mientras buscaba la forma de acompañar a mi hermano en este momento tan difícil – la mujer que me engendró dijo que maldecía de corazón el día en que me parió.

Ella ya ha dicho varias veces que me detesta, que nunca me quiso como a una hija, que evidentemente no fui un embarazo planificado ni deseado, pero no entiendo cuál era la necesidad de maldecirme.

Hace un año discutimos porque ella quería agredir a mi hermanito pequeño – de 6 años en ese entonces – y desde entonces ha dicho que soy una tal por cual y una no sé qué. Todo se lo dice por teléfono a mi mamá (mi abuelita) y ella me lo contó después.

La verdad es sólo una: Pese a que sus palabras tienen poder sobre mi estado de ánimo no doblegará mi fortaleza. Ya crecí y su odio no puede vencerme. Es cierto, yo habría deseado que me aceptara o al menos que me tratara como a una sobrina más, pero si no puedo tener eso, al menos puedo quererme a mí misma. Reconozco mi valor y el amor infinito que Dios siente por mí.

Puedo decir que pese a su desprecio, hizo lo mejor que podía haber hecho por mí: regalarme. Mis abuelos se encargaron de darme una infancia feliz, repleta de amor, sin carencia económicas ni malos ejemplos.


Gracias mamá biológica porque pese a tu maldición me diste el mejor regalo: No me abortaste y me abandonaste en los brazos de los mejores padres del mundo.

31 ene 2015

El reto de ser vegetariana por un mes

Aunque parezca una completa locura. Porque lo parece, yo sé. He aceptado el reto de ser vegetariana por un mes.

Regalaré la carne de pollo y res que compré hace un par de días en el supermercado; guardaré los atunes para después y compraré más frutas y verduras de lo que acostumbro.



Me daré como regalo de cumpleaños – cumplo 24 el 20 de febrero – un mes libre de carne y de frescos gaseosos.

¿Qué por qué lo hago? Supongo que primero que nada por mi salud (debo bajar al menos 12 kilos y mermar la intensidad de mi hígado graso) pero también porque representa un reto para mí.

Normalmente, como carne todos los días. En Cuaresma, casi todos los viernes sin darme cuenta termino comiendo carne; cuando estoy cocinando siempre hago platillos con carne y cuando llevo prisa abro un atún.

Ese apego injustificado y absoluto a la carne me tiene hasta la coronilla.

Por otro lado, hace unos días mientras preparaba mi famosa salsa bolognesa para la pasta, debo reconocer que se me rompió el corazón: de la nada, la carne empezó a botar sangre y se veía tan fresca que sentí como yo misma mataba a la vaca y la convertía en mi almuerzo. No pude con eso.

Además, ¿quién quita y me guste cambiar mi dieta?



Ya veremos cómo me va. Hoy por ejemplo, salí a almorzar con un buen amigo a mi restaurante favorito y pedí de entrada una focacia con ensalada caprese y de plato fuerte me comí media pizza vegetariana; todo con un fresco de albahaca, para coronar con una panacota regada con chocolate.

Bueno bueno, lo reconozco: más vale que disminuya las porciones y mis salidas a comer o la que parecerá vaca seré yo por más vegetariana que termine siendo.

¡Deséenme suerte, carajo!

17 ene 2015

La madre de Birmania

Esta noche, una película británico francesa me llevó a pensar en mi vieja amiga, la mujer de cuya historia me enamoré mientras estudiaba Periodismo y  cuando ella todavía estaba bajo arresto domiciliario, encarcelamiento que inició casi 15 años antes.

Aung San Suu Kyi, la profesora graduada en Oxford y que había trabajado para Naciones Unidas pero cuyo destino la encontró siendo una ama de casa y madre dedicada, muy lejos de su tierra natal, Birmania.

Hija del héroe nacional, Aung San, su genética la revestía de un coraje y fortaleza implacables mientras que la dictadura militar violenta y degradante, de la cual era testigo, la obligó a actuar, a luchar por la democracia y la defensa de los más humildes, de la voz del pueblo.



Su tenacidad para soportar la persecución política, la violación a sus derechos, el asesinato de sus amigos y seguidores, la represión y la lejanía de sus seres amados (sus hijos viven en Inglaterra, y son ciudadanos de ese país), fue inquebrantable; incluso en 1999 cuando murió Michael Aris, su esposo y compañero incondicional.

Hoy, cuando tengo casi 24 años, es que por fin comprendo la importancia de su lucha pacifista pero perseverante, inspirada en Gandhi.

Hoy que soy una mujer adulta, profesional, independiente pero idealista, es que entiendo las razones por las que obtuvo el premio Nobel de la Paz en 1991, año en que nací. Creo que eso, precisamente, es una señal.

Quizás nunca la vea ganar - de nuevo - las elecciones en su país, que se celebrarán a mediados de 2015, ni celebre sus reuniones con Barack Obama – cuyo discurso sobre el tema birmano me parece de doble moral e inconsistente – pero espero que su historia inspire a muchas mujeres en el mundo para romper los esquemas, luchar por sus ideales y defender sus principios, no importa las circunstancias.




Bueno, reconozco que tal vez yo que nací en un país libre, democrático y pacífico no pueda visualizar en toda su magnitud la valía de esta mujer y su lucha, pero sé que ella  - junto a otros grandes – sembró en mí el amor por los Derechos Humanos y la esperanza de un mundo mejor. 

12 ene 2015

¿Astronauta espiritual?

Elizabeth Gilbert escribió en “Comer, rezar y amar” (mi libro favorito) que orar es hablarle a Dios mientras que meditar es escuchar su voz.
Ambas prácticas forman parte de una vida espiritual sana y enriquecedora.

En mi caso particular y desde niña, cada noche dedico algunos minutos a orar pero pese a que lo intenté muchas veces nunca podía meditar. No podía despegar mis pies del suelo, alejarme de la realidad, “dejarme ir”, es decir, nunca lograba meditar de verdad. Hasta hoy.

Esta mañana, tuve una de las experiencias más alucinantes de mi vida. Y puedo asegurar con toda franqueza que no estaba drogada, no había probado ni un sorbo de vino ni me quedé dormida. Fue simple y sencillamente algo mental que trascendió a lo físico.

¿Qué fue exactamente lo que pasó? No sé explicarlo muy bien, pero lo intentaré.



Me acosté en la cobija suavecita que uso para hacer yoga, me coloqué en una posición cómoda y relajada, y al ritmo de música zen llevé a mi respiración al siguiente nivel. Y de un momento a otro estaba afuera, y digo “afuera” de verdad.

En mi visión – no sé cómo llamar a esta experiencia, para que tengan una idea de lo novata que soy - estaba acostada sobre la nada - no sentada en la tradicional pose del yogui -, sino acostada en el espacio exterior y el universo me rodeaba; todo era de un color azul oscuro o negro y había cientos de estrellas titilando, bastante lejanas (no las podía ver como planetas o esferas sino como luces).

Sentía cómo me estaba moviendo, no había gravedad pero yo permanecía de manera horizontal tambaleándome pocos centímetros hacia un lado y hacia el otro; estaba levitando y sólo existía el momento presente.



No había más que eso, hasta que apareció un gran ojo. No recuerdo de qué color era su iris pero sí tengo claro que no era un ojo enojado, gruñón o endemoniado como el de Sauron en el Señor de los Anillos. Se trataba más bien de un vigilante que estaba ahí para cuidarme, para guiarme, era – interpreto yo – el ojo de El Creador del Universo.

No sé cuánto tiempo duró la “ceremonia de iniciación”, supongo que sólo un par de minutos, pero fue maravillosa, deliciosa, completamente desestresante.

Supongo que ESTO (lo que sea que sea) es el resultado de un proceso de autoconocimiento que llevo desarrollando desde hace más de 6 meses y espero que en algún momento se repita.


¿Alguien que me pueda guiar un poco, por favor? ¿Ahora qué? ¿Debo ir al psiquiatra?


4 may 2014

Tarde de domingo con él

Hace casi 6 años lo conocí. Siempre lo había admirado. En el segundo cuatrimestre de la universidad, fue mi profesor. Y luego, casi al final de bachillerato, también. No sé decir cuánto disfruto su compañía, es como una escuela de vida, ambulante, mágica. Hace casi 6 años que voy a su casa: antes iba hasta tres veces por semana, ahora una o dos veces al mes. Es mi maestro, Alberto Cañas.

Hablamos de todo un poco: su pasión por Monet y mi gusto por Van Gogh; mi teoría de que Goya fue el primer fotoperiodista en el mundo; La Flauta Mágica y mi amor por Papageno; mi adicción a los libros de Stefan Zweig y su necesidad de darme clases de historia costarricense, que olvido al minuto siguiente; su criterio sobre los ex presidentes (muertos o vivos) y mis críticas de los políticos actuales; su experiencia como periodista y mi experiencia como aprendiz de periodista; sus viajes por el mundo y mis viajes (los que aún no realizo).



Hablamos también de sus libros; hemos leído juntos todo lo que escribió desde joven, hasta lo que nunca publicó. Sus obras de teatro favoritas y la poesía que plasmó pero nadie conoce.

Hablamos también de su colección de arte y de sus cientos de películas; tiene incluso el primer filme sobre Drácula. ¡Vaya, qué vampiro tan feo! Hablamos de su amistad con García Marquez y otros literatos de América Latina. Hablamos también de sus viejos amores y de mis "cuasi novios". Siempre me dice que no hay ningún muchacho tan bueno como para merecerme.

Una vez me dijo que si estuviera joven me propondría matrimonio. "AC: Si tuviera 20 años menos le pediría que se casara conmigo. Yo: Si usted tuviera 20 años menos, don Alberto, tendría 70. Seguiría siendo muy viejo para mí. AC: Bueno bueno, si tuviera 70 años menos, le pediría que se case conmigo. Yo: Si usted tuviera 70 años menos, yo le pediría que se case conmigo". 




A veces le cuento de los muchachos que me gustan; cuando me rompen el corazón. Le comento mis nuevos proyectos: La revista que se publica en Latinoamérica, el diplomado mexicano, mi curso de italiano, mi blog. Y él se ilusiona conmigo, como si esos proyectos también fueran suyos.

Supongo que es difícil de entender por qué nos llevamos también, con una diferencia de edad tan grande. Pero nunca he encontrado nadie que me entienda como él. Que comprenda mis sueños y aspiraciones, mis ganas de vivir, de alcanzar las estrellas; de viajar por el mundo, de escribir, de leer; mi amor por el arte y mi obsesión por la cultura. Es como una especie de romance. Evidentemente sin la parte física, pero completamente y absolutamente real: Dos almas que se encuentran, que se complementan.

Y ahora tengo miedo. Cada vez lo veo más viejito. El mismo me dice que se asusta de lo cerca que está de cumplir 100 años; que se siente cansado, incluso enfermo. Y yo tiemblo por dentro y lloro. ¿Qué haré cuando se vaya?